Cuatro años de tratamientos, un corazón que dejó de latir, y la fe que lo cambió todo.
Durante más de quince años, Verónica de León iluminó las mañanas de Guatemala desde la televisión. Su sonrisa, su energía y su profesionalismo la convirtieron en un rostro familiar para miles de familias. Pero detrás de las cámaras, Verónica libraba una batalla silenciosa que pocos conocían: la lucha por convertirse en madre.
En esta conversación con Andrea Cardona, Verónica abre su corazón y comparte una historia que atraviesa el dolor, la fe, el matrimonio en crisis y, finalmente, el milagro. Una historia que muchas mujeres reconocerán como propia.
Verónica siempre había logrado cumplir sus metas en el momento y de la forma que quería. Estudió lo que deseaba, consiguió el trabajo de sus sueños, y cuando conoció a Jorge Mario —un hombre igual de organizado y exitoso— supo que era el momento de formar una familia.
"Nos casamos, planificamos esos primeros años de matrimonio. Vamos a viajar, vamos a hacer esto, vamos a hacer lo otro. Y luego vamos a convertirnos en papás", recuerda Verónica.
Tan seguros estaban de su plan que antes de casarse se hicieron todos los exámenes de fertilidad posibles. Todo salía perfecto. Incluso renunció a su trabajo antes de quedar embarazada, convencida de que el bebé llegaría pronto.
Pero la vida tenía otros planes.
A los tres años de casados, cuando decidieron buscar el embarazo, Verónica y Jorge Mario se toparon con un muro que no esperaban. Ella quería tener gemelos —su esposo es gemelo— y buscaron un médico que les hiciera un tratamiento de fertilización in vitro, aunque técnicamente no lo necesitaban.
"Me hice dos in vitro sin necesidad. No quedé embarazada ni de uno", cuenta. "Cuando los doctores nos decían 'lo peor que puede pasar es que quedes embarazada de uno', porque éramos una pareja fértil con todos los exámenes en orden."
Decidieron dejarlo y seguir por la vía natural. Pasaron dos años más. Nada.
Es entonces cuando Verónica comienza a interpretar su situación como un castigo divino: "Nos metimos a decidir cosas que no nos correspondía. Ese era mi pensar. Hoy lo entiendo de una manera diferente, hoy sé que no funciona así, que había un propósito más allá."
Lo que siguió fue, en palabras de Verónica, "la época más oscura" de su vida. Sin trabajo, lejos de Guatemala, viviendo en Xela mientras su esposo seguía con su rutina profesional, comenzó a hundirse.
"Sentía que me estaba asfixiando, que me estaba hundiendo cada vez más. Había dejado mi vida al cien por ciento de Guatemala. Él seguía trabajando, él seguía en su día a día. Yo había dejado mi trabajo para convertirme en mamá, para jugar a la casita... y sin muñecas. Así me sentía."
Los síntomas eran devastadores: aislamiento, vergüenza, la sensación de que todos eran sus enemigos. Cada embarazo ajeno se sentía como un cuchillo en el corazón. Cada pregunta sobre cuándo tendrían hijos la obligaba a mentir: "No, todavía no queremos" o "No sé si quiero convertirme en mamá".
Un detalle importante que Verónica quiere dejar claro: ella y su esposo vivían la infertilidad de maneras completamente diferentes. "Yo veía a mi esposo riéndose, diciéndome que viajemos, y yo me sentía sola sufriendo sin él. Mientras que en su punto de vista era: 'Ella me necesita, yo no me puedo derrumbar porque ella está derrumbada. Tengo que ser la roca de este matrimonio'."
En medio de esa oscuridad, Verónica tomó una decisión crucial: necesitaba volver a trabajar. Le dijo a Ricardo, su amigo cercano y director de producción en el canal: "Necesito regresar a trabajar. Si la vida me está negando una realización, no puedo negarme la otra que es importante para mí: ser una mujer profesional."
Ricardo le respondió: "Pongámonos en manos de Dios, Vero. Vas a ver que Él va a mover las piezas."
Dos semanas después, una compañera renunció. Ese trabajo era para Verónica.
"Para mí fue como que me estaban tirando el salvavidas en esa piscina donde me estaba ahogando. Finalmente iba a salir de ese lodo en el que no encontraba salida."
La decisión no fue fácil. Significaba vivir separada de su esposo durante la semana. Fueron con una terapeuta de parejas, quien les dio un diagnóstico claro: rechazar esa oportunidad le haría más daño al matrimonio que aceptarla. Verónica podría desarrollar resentimiento, y seguiría atrapada en esa maraña emocional.
De vuelta en Guatemala, Verónica floreció profesionalmente. Pero algo peligroso comenzó a suceder: empezó a asociar Xela con el fracaso y Guatemala con el éxito. Ya no quería volver. Si su esposo quería verla, tenía que ir él.
"Empiezo a ver a mi esposo como enemigo, como una parte de mi faceta de fracasada en la vida. Él era parte de mi fracaso."
La situación llegó a un punto de quiebre. Verónica le dijo a Jorge Mario que no regresaría a Xela a menos que fuera con familia. Él respondió que su trabajo y su vida estaban allá. Se separaron.
Fue un tiempo breve, pero real. Hasta que Jorge Mario tomó una decisión que lo cambiaría todo: "Ya lo decidí. Tienes razón. Nos vamos a Guatemala. Vamos a luchar allá, vamos a buscar más ayuda. Tenemos que estar juntos."
Ya reunidos en Guatemala, la pareja encontró algo que transformaría su proceso: una conexión profunda con su fe. Comenzaron a ir a misa todos los domingos, se unieron a un retiro matrimonial y se enamoraron del movimiento de parejas católicas.
"Nos reencontramos. Encontramos un grupo de matrimonios lindos que, en su mayoría, habían llegado ahí después de una crisis. Creo que esperamos muchas veces a que llegue una crisis para volver a Dios al centro de nuestra vida."
Con su fe renovada y sintiéndose más fuertes como pareja, decidieron buscar ayuda médica nuevamente. Pero esta vez, algo había cambiado: estaban dispuestos a aceptar quedarse sin hijos si eso era lo que Dios quería.
Un sacerdote le dijo algo que liberó a Verónica de años de culpa religiosa: "Dios le da la sabiduría a los médicos para que ellos puedan hacer lo humanamente posible. Si Dios quiere que te conviertas en mamá, te vas a convertir. Si no quiere, ni porque te hagas ochenta tratamientos."
Después de cuatro años de tratamientos, llegó el primer positivo de su vida. Verónica nunca antes había visto esas dos líneas. Estaba convencida de que ahí venía su bebé. Le contó a todos: familia, amigos, el mundo entero.
A los cuatro meses y medio, el corazón del bebé dejó de latir.
Era 22 de diciembre. Verónica ya tenía preparados regalitos de Navidad de bebé para toda su familia.
Lo que sucedió después define quién es Verónica de León. Saliendo de la clínica donde le dieron la noticia, camino al hospital para el legrado, le dijo a su esposo: "Vamos al santísimo."
"Llegué llorando y le agradecí. Me hinqué y le dije: 'Gracias, Padre, porque Tú sabes por qué lo estás haciendo. Tú sabes de qué nos estabas librando. Aunque ahorita yo no lo entienda, sé que tienes mejores planes para nosotros. Y lo recibo. Aquí está mi corazón.'"
Verónica quería rendirse. Le dijo a su esposo que ya no más: no quería volver a inyectarse, no quería volver a ilusionarse, no quería volver a pasar por ese dolor.
En enero, fue a su cita de revisión con la intención de despedirse del proceso. Le dijo a su médico, el Dr. León Tretsch: "Ya no voy a seguir. Hasta aquí llegué."
Entonces sucedió algo que Verónica describe como sobrenatural. El doctor le tomó las manos con fuerza y le dijo: "Vero, no me hagas esto. Estamos a la vuelta de la esquina. Ya logramos tu positivo. Te prometo que lo vamos a lograr. Por favor, déjame intentarlo una vez más."
"Sentí una energía tan fuerte. Sentí que no era él el que me estaba hablando. Era algo más grande que lo que estábamos viviendo."
Verónica aceptó. Una última vez.
El 16 de febrero supo que estaba embarazada. Esta vez, de gemelos.
El embarazo fue todo menos sencillo. A los cuatro meses y medio, el cincuenta por ciento de la placenta de Mariana se desprendió. Hubo hemorragias severas. Verónica estuvo dos meses en cama absoluta —ni siquiera podía ir al baño; le cambiaban pañal.
Los gemelos nacieron a las 29 semanas, prematuros pero luchadores. Estuvieron un mes en cuidados intensivos, pero cada día trajo buenas noticias. Nunca hubo infecciones ni sustos graves.
Pero el verdadero milagro, dice Verónica, llegó nueve meses después: quedó embarazada de forma completamente natural de su hija Montserrat.
"Yo siempre le decía a mi esposo: '¿Qué sentirá la gente de hacer cositas y de repente, positivo?' Y él me decía: 'Creo que nunca lo vamos a saber.' Y de repente, pum. Embarazada."
Para Verónica, Montserrat fue la confirmación divina: "Sentí que fue Diosito diciéndome: 'Sí, yo también quería que fueras mamá, y fui yo el que lo hizo.'"
Hoy, Verónica de León es una mujer diferente. Vive en Xela con su familia —sí, regresó, pero esta vez con sus hijos, tal como había prometido. Trabaja desde casa produciendo podcasts, mantiene una conexión cercana con su audiencia a través de redes sociales, y disfruta de estar a cuatro minutos de sus papás.
Pero el cambio más profundo es interno.
"Yo siempre fui una mujer que vivía mucho del futuro, con muchas ansias. Hoy me repito todos los días: no comas ansias. Hay que disfrutar del presente. La vida, lejos de ser un destino, es un camino. Y muchas veces nos la pasamos diciendo 'cuando me gradúe, cuando me case, cuando sea mamá, cuando mis hijos estén en el colegio'... y no disfrutamos el camino, que es realmente la vida."
Cuando Andrea le pregunta por una frase que la sostiene en momentos difíciles, Verónica responde sin dudar: "Esto también va a pasar."
De esta conversación emergen verdades que trascienden el tema de la fertilidad:
La infertilidad se vive diferente en pareja. Que tu pareja no se derrumbe no significa que no esté sufriendo. Puede estar siendo tu roca precisamente porque te ve caer.
Buscar ayuda profesional no contradice la fe. Como le dijo aquel sacerdote a Verónica: Dios da sabiduría a los médicos. La ciencia y la fe pueden caminar juntas.
A veces el salvavidas viene de donde menos lo esperas. Para Verónica, volver a trabajar no fue abandonar su sueño de ser madre; fue sobrevivir para poder seguir luchando.
Los matrimonios crecen en las crisis. Como reflexiona Andrea: tener una pareja es tener un espejo que te muestra los puntos ciegos. El tiempo juntos, sea cual sea, es una oportunidad para transformarse.
La gratitud puede coexistir con el dolor. Agradecer en medio del sufrimiento no niega el dolor; lo trasciende.
Y quizás la lección más importante: el camino es la vida. No el destino, no la meta, no el "cuando llegue". El camino. Los desvelos, las inyecciones, las lágrimas, las manos tomadas en una clínica. Todo eso es vivir.
Si estás pasando por un proceso similar, si te sientes sola en esta lucha, si necesitas escuchar que alguien más atravesó esa oscuridad y encontró luz al otro lado: este episodio es para ti. Y si conoces a alguien que lo necesite, compártelo. A veces, saber que no estamos solas es el primer paso para seguir adelante.
