Determinación, positivismo y la valentía de pedir ayuda: las claves de una líder que está transformando una industria tradicionalmente masculina.
En un país donde solo el 4% de los puestos ejecutivos son ocupados por mujeres, Melanie Leiva Saprissa representa algo más que una estadística excepcional. A sus 38 años, se convirtió en la primera mujer en ocupar el cargo de Gerente General de una compañía de seguros en Guatemala. Pero su historia no es solo sobre romper techos de cristal corporativos; es sobre la construcción paciente de una identidad profesional sin sacrificar la autenticidad femenina, la maternidad o el equilibrio personal.
Melanie creció en un hogar donde el amor fue la constante. Con dos hermanos varones y siendo la única prima de su lado materno, aprendió desde temprana edad a ocupar su espacio en un círculo predominantemente masculino. Pero fue su madre quien sembró las semillas más importantes de su carácter.
"Mi mamá siempre hizo que yo tuviera un lugar especial, siempre creyó mucho en mí, en mis sueños, en mi educación", recuerda Melanie. Esa madre amorosa fue también profundamente perseverante, especialmente cuando su hija quería abandonar el ballet en momentos difíciles.
Y es que el ballet fue mucho más que una actividad extracurricular. Durante 25 años, desde los cuatro años de edad, Melanie se formó en esta disciplina artística. Hoy, con la perspectiva que da la madurez, reconoce que esa experiencia la moldeó de maneras que no comprendía entonces: le enseñó disciplina, estructura, feminidad y, quizás lo más valioso, a saber perder.
"Conforme he ido creciendo, cada vez le he dado más valor a lo que el ballet fue para mí", reflexiona. "Hubo muchos años en que decía 'mamá, ya el ballet no es para mí, me quiero dedicar a otra cosa'. Y ella fue muy perseverante conmigo en que yo no me rindiera, en que cuando las cosas se ponían difíciles, entonces era cuando tenías que sacar tu mejor versión".
Mientras otras niñas soñaban con ser doctoras o maestras, Melanie jugaba a trabajar en la industria de seguros. Su padre, con casi cuatro décadas en el sector, fue su primera inspiración. Lo acompañaba a la oficina, asistía a eventos con él, y veía su rol como algo aspiracional.
"Tener ese sueño desde muy pequeña creo que siempre me hizo tener esa claridad de trabajar en el presente en algo que yo aspiraba en el futuro", explica. Esa claridad temprana se tradujo en una carrera de 15 años en la industria, ascendiendo hasta llegar al puesto más alto.
Pero Melanie insiste en algo fundamental: la pasión por lo que haces no es negociable. "Nosotros tenemos que buscar una carrera o dedicarnos a algo que realmente nos guste y que nos apasione, para que realmente lo vivamos de una manera natural, auténtica, y lo disfrutemos".
Cuando asumió el cargo de Gerente General, Melanie experimentó el momento de mayor desequilibrio de su vida profesional. No era solo la responsabilidad hacia la compañía; sentía el peso de representar a todo un género.
"Había una expectativa muy alta. Había una mujer, y pues es joven, para ocupar un rol. Me sobrecargué hasta mentalmente de pensar: yo tengo que ser la mejor, yo tengo que hacerlo bien, tengo que demostrar que se puede, y como una responsabilidad hacia el género femenino de no quedarles mal".
Esos primeros meses fueron de dedicación casi exclusiva al trabajo. Habló con su esposo, habló con sus hijos, y se sumergió al 100% en la nueva responsabilidad. Mirando hacia atrás, reconoce que probablemente era necesario, pero también que no era sostenible a largo plazo.
Si hay una lección que Melanie quiere transmitir a otras mujeres es esta: el balance no significa dividir tu tiempo 50-50 entre trabajo y familia. El equilibrio es dinámico, tiene temporadas, y requiere comunicación constante con tu círculo de apoyo.
"A veces creemos que el balance es dedicarle 50-50 del tiempo a tu familia, a tu trabajo, y no necesariamente es así. Puede ser una etapa. Si tú estás en un entrenamiento fuerte que va a durar tres meses, te dedicas a eso full, y no quiere decir que entonces no tengas un balance de vida".
Lo que sí es fundamental, según ella, es la comunicación. Pedir ayuda. Levantar la mano sin vergüenza. "Entre más comunicativas seamos con nuestro grupo de soporte, sea tu mamá, tu esposo, tus hijos, vamos a sentir esa liberación de decir: necesito ayuda. Y no tiene nada de malo pedir ayuda".
Una de las reflexiones más poderosas de Melanie tiene que ver con el estilo de liderazgo femenino. Ha observado cómo muchas mujeres creen que para ser escuchadas deben hablar, actuar o incluso vestirse de manera más masculina. Ella rechaza completamente esa idea.
"Ponte tu blusa rosada si a ti te gusta y tú quieres ser femenina y quieres estar en tacones. Agrégale eso. Al final, esto no es una competencia entre hombres y mujeres. Esto es cómo nos complementamos entre hombres y mujeres".
Melanie ha tenido la fortuna de trabajar con líderes masculinos excepcionales que le dieron su espacio, que valoraron su voz, y que abrazaron su estilo de liderazgo en lugar de intentar moldearlo. Esa experiencia le enseñó que el respeto no se exige desde la imitación, sino que se gana desde la autenticidad.
"El respeto es algo que todos nos tenemos que ganar, independientemente del cargo que tengamos o el poder que tengamos en nuestras manos".
Cuando se le pregunta cómo se describiría sin mencionar su cargo, Melanie habla de positivismo, empatía y la capacidad de soñar en grande. "Soy de la creencia de ver el vaso más lleno que vacío. En donde sea una situación complicada o un túmulo en el camino, yo tiendo a verle: esto puede ser una oportunidad".
Pero también es honesta sobre sus debilidades. La principal: una autocrítica constante, casi obsesiva. "Tengo una constante medición conmigo misma diaria. Era como un checklist de evaluación de desempeño: qué hice bien, qué hice mal. Esto lo pudiste haber dicho diferente, por qué esta reunión no la tomaste de esta manera, por qué a tu hija le dijiste esto".
Esa voz interior severa es algo en lo que trabaja activamente. Ha aprendido a transformar la conversación antes de dormir, a ser más benevolente consigo misma, a entender que penalizarse constantemente no agrega valor.
Su otra debilidad es el reverso de su positivismo: querer resolver no solo sus problemas, sino los de todos. "Siempre estoy en esa constante búsqueda de cómo resolver el problema de alguien. Y la verdad, tal vez esa persona solo quería que alguien la escuchara".
Hay una redefinición del miedo en la filosofía de Melanie que resulta liberadora. En lugar de verlo como un enemigo a evitar, lo considera una señal de crecimiento.
"Muchas veces el miedo es algo buenísimo que uno puede tener, porque quiere decir que estás experimentando algo nuevo, que te genera incertidumbre, al rato un poco de incomodidad. Y si tú no sientes eso en tu vida, entonces quiere decir que estás en una zona muy cómoda".
Esos nervios antes de una presentación importante, esa incomodidad ante un nuevo reto, no son señales de que algo está mal. Son indicadores de que estás creciendo, de que estás viva profesionalmente.
Melanie tiene dos hijos: Rafa de 11 años y Sofía de 9. Tuvo a su primer hijo a los 26 años, cuando llevaba tres años de casada. La maternidad, reconoce, revolucionó su vida de maneras que nadie puede prepararte.
"Nadie nos prepara para ser mamás. No es algo que alguien te da un curso y ya estoy lista. Vamos aprendiendo todos los días".
Lo que ha descubierto con el tiempo es que sus hijos no necesitan una madre perfecta que esté presente cada segundo. Necesitan calidad sobre cantidad. Necesitan presencia real cuando están juntos.
"A veces uno está en una llamada o en una reunión virtual y tu hijo te está hablando. Lo que me ha funcionado es decir: te quiero escuchar 100% lo que me querés contar, pero en este preciso momento no puedo escucharte al 100%. Dame cinco minutos que termine esta llamada porque quiero ponerte toda la atención del mundo".
Hay un momento que ilustra perfectamente sus batallas internas. Un día particularmente difícil, llegó a su casa y se estacionó. Sentía ganas de llorar. Y tomó una decisión: "Me voy a tomar tres minutos, pero los voy a contabilizar, antes de entrar a mi casa. Porque creo que necesito autorregularme antes de entrar y ver que mis hijos se bañen y cenar con mi familia".
No se trata de ponerse una máscara y fingir que nada pasó. Se trata de respirar, de darse ese espacio mínimo para poder dar tu mejor versión a quienes te esperan adentro.
Quince años de matrimonio le han enseñado a Melanie que la relación de pareja también necesita atención intencional. Leyó recientemente sobre la importancia de dedicar al menos una hora semanal a la pareja, no para hablar de logística del hogar, sino para conectar genuinamente.
"Muchas veces nuestra conversación romántica que en algún momento tuvimos se vuelve una conversación de logística: cuáles son tus planes mañana, quién recoge al niño. Mucho cuidado en ese sentido".
Jugar un juego de mesa, cocinar juntos, recordar por qué se enamoraron. Pequeños actos de reconexión que mantienen viva la relación más allá de los roles de padres y proveedores.
Cuando se le pregunta hacia dónde la lleva este camino, Melanie habla de propósito. No de títulos ni de logros adicionales, sino de huella.
"Para mí, lo más importante es poder inspirar a otras personas. Que por muy pequeño que sea, cada persona que trabaje conmigo o haya pasado y sido parte de mi equipo, les pueda dejar una huella. 'Yo con Melanie aprendí esto, Melanie me retó a aprender esto nuevo, me dio un cargo en el que me pude desenvolver'".
Y a nivel macro, su propósito está ligado a transformar la cultura de seguros en Guatemala. Hacer que más personas entiendan la importancia de proteger su patrimonio, de tomar decisiones con anticipación, de pensar en las generaciones futuras.
De esta conversación emergen verdades que trascienden el mundo corporativo:
Conoce tus fortalezas y fortalécelas aún más. No te obsesiones con tus debilidades. Saber con qué herramientas cuentas te permite sobresalir donde otros no lo harán.
El miedo es brújula, no barrera. Si no sientes nervios, probablemente estás demasiado cómoda. El crecimiento vive en la incomodidad.
Pedir ayuda es inteligencia, no debilidad. Nadie llega a la cima sola. Comunica tus necesidades a tu círculo de apoyo.
El balance es dinámico. Hay temporadas donde un rol demanda más. Eso no significa que hayas fallado en los otros.
No te masculinices para ser respetada. Tu feminidad es una fortaleza, no un obstáculo. Lidera desde quien realmente eres.
Transforma tu diálogo interno. Cambia el checklist nocturno de errores por gratitud matutina. Sé benevolente contigo misma.
Con tus hijos, calidad sobre cantidad. Presencia real en momentos cortos vale más que presencia distraída durante horas.
Y cuando todo se ponga difícil, recuerda el mantra de Melanie: "Todo pasará".
Porque las mujeres que mueven montañas no lo hacen negando sus miedos o sus limitaciones. Lo hacen reconociéndolos, pidiendo ayuda cuando la necesitan, y levantándose cada mañana con un propósito más grande que ellas mismas.
